Orlando Viera-Blanco: Se lo pido, Nicolás… Decrete la libertad de Simonovis

Orlando Viera-Blanco: Se lo pido, Nicolás… Decrete la libertad de Simonovis

Decrete la libertad de Simonovis y de todos los que están privados de ella

La Tempestad (The Tempest), Cuento de invierno, Cimbelino y Pericles, son consideradas por muchos como las fantasías poéticas de Shakespeare (romance), por su elevada inclinación a la pasión, el amor, la venganza, la redención y el perdón. Quiero pedirle, Nicolás, que lea La Tempestad. Quizás la obra menos elaborada del poeta inglés en términos de sencillez semántica y trama, pero la más profunda -a mi gusto- en cuanto a contraste literario, personajes y desenlace.

Próspero -antiguo duque de Milano- es expulsado de su reinado, traicionado por su hermano Antonio y obligado a vivir en una isla hostil. Invadido de odios y sed de venganza, Próspero hace de la isla un ambiente mítico, dedicado a la práctica de la magia negra y a la tradición de la alquimia. Controlando los elementos naturales, levanta tempestades, hechizos y designios maléficos a sus enemigos, invadido de miedo por verse nuevamente despojado de su isla. Así arremete contra toda “representación del mal” sean demonios, bestias indomables, invasores, nativos, brujos o sacerdotes. Otros personajes centrales son Caníbal, un nativo salvaje y rebelde contra quien se cometen toda clase de excesos… y Ariel, dios del aire, quien a pesar de obedecer a Próspero -generando tempestades- llama a la calma, a la belleza y a la razón.

La Tempestad ha sido reconocida como la representación dramática de Shakespeare de la ocupación del Nuevo Mundo (América/la isla), por europeos y americanos (Colonizadores/Próspero) sedientos de poder, riqueza y dotes, contra los pueblos vírgenes de toda civilidad y de toda maldad (colonos) que desemboca en un inesperado final. En el epílogo, Próspero se dirige sólo al público y se despide de la audiencia, a la cual le dirá “Let your indulgence set me free” (dejen que vuestra indulgencia me absuelva y me haga libre). Hermosa claudicación que lanzó a la humanidad una de las frases más celebres del dramaturgo inglés, referida a la reconciliación y a la compasión, que sentencia: “El perdón bendice dos veces: bendice al que lo da y bendice a lo que recibe”. Vale recordar, cuánto recurrió Mandela al valor del perdón para excomulgar los odios represados del apartheid, y cuánto Madiba descansa en paz, por haberlo predicado…





Sea magnánimo Nicolás. Sea libre y obtenga usted su propia absolución, redención que la historia no le concederá a otros. Decrete la libertad de Simonovis y de todos los que están privados de ella. Si algún gesto lo hará recordar por todos los venezolanos de cualquier clivage -en tiempos de tempestad- será haber tenido la nobleza (areté en vocablo griego) ¡de perdonar! Y nos bendeciremos todos en estas Navidades. Te lo pido -humildemente-, Nicolás.

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