Alfredo Maldonado: Un cambio que no cambia

A Donald Trump se le enredó la vena de empresario exitoso y siempre millonario que hacía lo bueno y lo malo que le daba la gana, y en vez de salir rodeado de buenos recuerdos y de éxitos, abandona la Casa Blanca por la puerta trasera y regresa a la Trump Tower con la indignidad de haber incitado y aprobado un absurdo ataque a la sede de la democracia estadounidense, el Congreso.

Hasta sus funcionarios de mayor confianza y aprecio se le apartan, este Trump huele mal, apesta, debe irse cuanto antes, mientras el anciano que él llamó “Sleepy Joe”, enfermo y anticuado, que iba a asumir con la cabeza baja, hará su juramento presidencial con la voz del valiente que enfrentó las canalladas. Sin olvidar que lleva consigo, como Vicepresidente, a una distinguida experta en leyes, Kamala Harris que, además, es símbolo de la mezcla racial estadounidense, una radical diferencia con la blancura europea de Trump. Y, no lo dejen de lado, nacida en Estados Unidos hija de dos inmigrantes que, además, Procuradora en el estado de California –una de las grandes potencias económicas del mundo, sede del cine y de la más avanzada tecnología- no fue nada complaciente con ilegalidades ni populismos.

Todo esto es lo que el madurismo nacional no parece estar viendo, han venido confundiendo las cosas y creen que Estados Unidos cambia con cada Gobierno según sea demócrata o republicano. No se dan cuenta de que cambia el Presidente y cambian los estilos, pero los intereses estadounidenses siguen siendo los mismos.

Trump no quería dialogar incondicionalmente y sancionaba, Biden estará dispuesto a dialogar pero no levantará las sanciones a menos que, como Trump y su política internacional pedían, se dé algo a cambio, y eso se refiere a cambios profundos en el estilo castromadurista, como liberación de presos políticos, libertad de prensa y pensamiento, baja de la represión militar, apertura económica.

Eso, aparte de que son los países del primer mundo, encabezados por Estados Unidos con apoyo pleno de la Unión Europea, los que tienen el dinero y la tecnología para frenar la caída venezolana e impulsar, dirigir y cobrar la recuperación de Venezuela. El Caribe no es mar de pesca para los chinos, que pondrán una estación en el espacio, pero no harán submarinismo político ni económico en el mar del Comando Sur. Rusia no sólo está lejos sino que vive del petróleo y el gas que le vende a sus vecinos europeos, los mismos que no reconocen a Maduro, no tiene poder ni portaaviones suficientes para plantarle cara a la Casa Blanca en el Caribe.

Kennedy negoció directamente con Krushev dejar tranquila a Cuba a cambio de que los soviéticos –en esa época una potencia con más poder y decisión para ir a una guerra con Estados Unidos- regresaran silenciosamente a sus lejanas bases, y los barcos dieron media vuelta y regresaron dejando a Fidel Castro con los ojos claros y sin vista, sin poder hacer mayores reclamos a quien alimentaba a un pueblo ya aplastado por la represión y el fracaso.

La Rusia de hoy ni siquiera tiene una Marina capaz de rasguñar a la poderosa y ampliamente actualizada US Navy, y los chinos tienen muchos militares pero más intereses económicos y dificultades sanitarias fuera y dentro de su inmenso territorio donde ya no importa el color del gato con tal que cace ratones, pequeño detalle clave que ni Chávez ni Maduro comprendieron.

Vendrán diálogos y algunos chavistas serán sacrificados por el mismo chavismo que quiere sobrevivir aunque sea compartiendo con una oposición que demasiadas veces se ha quedado en la cercanías sin llegar, a la cual la propia torpeza del régimen ahora ayuda a fondo. ¿Qué van a hacer Nicolás Maduro y los hermanos Rodríguez si su disfraz legislativo y lo que decidan no será reconocido por nadie, qué harán con un presidente paralelo y unos parlamentarios en la calle a quienes todos reconocen?

La Casa Blanca cambia de manos y Venezuela será parte de ese cambio. No con una caída violenta y vengativa como muchos ansían, sino con un diálogo entre poderosos que golpean a VPI porque siguen enloquecidos, y necesitados que ven a Norteamérica y Europa los elementos para una transición.

No cambia la posición de Estados Unidos, sólo cambia la sonrisa.